Capítulo 9
EN LA elección de los instrumentos que
sirvieron para reformar la iglesia se nota el mismo plan divino que en la de
quienes la establecieron. El Maestro celestial pasó por alto a los grandes de
la tierra, a los hombres que gozaban de reputación y de riquezas, y estaban
acostumbrados a recibir alabanzas y homenajes como caudillos del pueblo. Eran
tan orgullosos y tenían tanta confianza en la superioridad de que se jactaban,
que no hubieran podido amoldarse a simpatizar con sus semejantes ni convertirse
en colaboradores del humilde Nazareno. Fue a los indoctos y rudos pescadores de
Galilea a quienes dirigió él su llamamiento: "Venid en pos de mí, y os
haré pescadores de hombres." (S. Mateo 4: 19.) Estos sí que eran humildes
y dóciles. Cuanto menos habían sentido la influencia de las falsas doctrinas de
su tiempo, tanto más fácil era para Cristo instruirlos y educarlos para su
servicio. Otro tanto sucedió cuando la Reforma. Los principales reformadores
eran hombres de humilde condición y más ajenos que sus coetáneos a todo
sentimiento de orgullo de casta así como a la influencia del fanatismo
clerical. El plan de Dios es valerse de instrumentos humildes para la
realización de grandes fines. La gloria no se tributa entonces a los hombres,
sino a Aquel que obra por medio de ellos el querer y el hacer según su buena
voluntad.
Pocas semanas después que naciera Lutero en la
cabaña de un minero de Sajonia, nació Ulrico Zuinglio, en la choza de un pastor
de los Alpes. Las circunstancias de que Zuinglio se vio rodeado en su niñez y
su primera educación contribuyeron a prepararlo para su futura misión. Criado
entre bellezas naturales imponentes, quedó desde temprano impresionado [183] por el sentimiento de la inmensidad, el
poder y la majestad de Dios. La historia de las hazañas que tuvieran por teatro
sus montes natales inflamó las aspiraciones de su juventud. Junto a su piadosa
abuela oyó los pocos relatos bíblicos que ella espigara entre las leyendas y
tradiciones de la iglesia. Con verdadero interés oía él hablar de los grandes
hechos de los patriarcas y de los profetas, de los pastores que velaban sobre
sus ganados en los cerros de Palestina donde los ángeles les hablaron del Niño
de Belén y del Hombre del Calvario.
Lo mismo que Juan Lutero, el padre de Zuinglio
deseaba dar educación a su hijo, para lo cual dejó éste su valle natal en
temprana edad. Su espíritu se desarrolló pronto, y resultó difícil saber dónde
podrían hallarle profesores competentes. A los trece años fue a Berna, que
poseía entonces la mejor escuela de Suiza. Sin embargo, surgió un peligro que
amenazaba dar en tierra con lo que de él se esperaba. Los frailes hicieron
esfuerzos muy resueltos para seducirlo a que entrara en un convento. Los monjes
franciscanos y los domínicos rivalizaban por ganarse el favor del pueblo, y al
efecto se esmeraban a porfía en el adorno de los templos, en la pompa de las
ceremonias y en lo atractivo de las reliquias y de las imágenes milagrosas.
Los dominicanos de Berna vieron que si les
fuera posible ganar a un joven de tanto talento obtendrían ganancias y honra.
Su tierna juventud, sus dotes de orador y escritor, y su genio musical y
poético, serían de más efecto que la pompa y el fausto desplegados en los
servicios, para atraer al pueblo y aumentar las rentas de su orden. Valiéndose
de engaños y lisonjas, intentaron inducir a Zuinglio a que entrara en su
convento. Cuando Lutero era estudiante se encerró voluntariamente en una celda
y se habría perdido para el mundo si la providencia de Dios no le hubiera
libertado. No se le dejó a Zuinglio correr el mismo riesgo. Supo
providencialmente su padre cuáles eran los designios de los frailes, y como no
tenía intención de que su hijo siguiera la vida indigna y holgazana de los
monjes, vio que su utilidad para el porvenir estaba [184]
en inminente peligro, y le ordenó que regresara a su casa sin demora.
El mandato fue obedecido; pero el joven no
podía sentirse contento por mucho tiempo en su valle natal, y pronto volvió a
sus estudios, yéndose a establecer después de algún tiempo en Basilea. En esta
ciudad fue donde Zuinglio oyó por primera vez el Evangelio de la gracia de
Dios. Wittenbach, profesor de idiomas antiguos, había sido llevado, en su
estudio del griego y del hebreo, al conocimiento de las Sagradas Escrituras, y
por su medio la luz divina esparcía sus rayos en las mentes de los estudiantes
que recibían de él enseñanza. Declaraba el catedrático que había una verdad más
antigua y de valor infinitamente más grande que las teorías enseñadas por los
filósofos y los escolásticos. Esta antigua verdad consistía en que la muerte de
Cristo era el único rescate del pecador. Estas palabras fueron para Zuinglio
como el primer rayo de luz que alumbra al amanecer.
Pronto fue llamado Zuinglio de Basilea, para
entrar en la que iba a ser la obra de su vida. Su primer campo de acción fue
una parroquia alpina no muy distante de su valle natal. Habiendo recibido las
órdenes sacerdotales, "se aplicó con ardor a investigar la verdad divina;
porque estaba bien enterado —dice un reformador de su tiempo— de cuánto deben
saber aquellos a quienes les está confiado el cuidado del rebaño del
Señor." —Wylie, lib. 8, cap. 5.
A medida que escudriñaba las Escrituras, más claro le
resultaba el contraste entre las verdades en ellas encerradas y las herejías de
Roma. Se sometía a la Biblia y la reconocía como la Palabra de Dios y única
regla suficiente e infalible. Veía que ella debía ser su propio intérprete. No
se atrevía a tratar de explicar las Sagradas Escrituras para sostener una
teoría o doctrina preconcebida, sino que consideraba su deber aprender lo que
ellas enseñan directamente y de un modo evidente. Procuraba valerse de toda
ayuda posible para obtener un conocimiento correcto y pleno de sus enseñanzas,
e invocaba al Espíritu Santo, el cual, [185]
declaraba él, quería revelar la verdad a todos los que la investigasen con
sinceridad y en oración.
"Las Escrituras —decía Zuinglio— vienen
de Dios, no del hombre. Y ese mismo Dios que brilla en ellas te dará a entender
que las palabras son de Dios. La Palabra de Dios . . . no puede errar. Es
brillante, se explica a sí misma, se descubre, ilumina el alma con toda
salvación y gracia, la consuela en Dios, y la humilla hasta que se anonada, se
niega a sí misma, y se acoge a Dios." Zuinglio mismo había experimentado
la verdad de estas palabras. Hablando de ello, escribió lo siguiente:
"Cuando . . . comencé a consagrarme enteramente a las Sagradas Escrituras,
la filosofía y la teología [escolástica] me suscitaban objeciones sin número, y
al fin resolví dejar a un lado todas estas quimeras y aprender las enseñanzas
de Dios en toda su pureza, tomándolas de su preciosa Palabra. Desde entonces
pedí a Dios luz y las Escrituras llegaron a ser mucho más claras para
mí."—Id., cap. 6.
Zuinglio no había recibido de Lutero la
doctrina que predicaba. Era la doctrina de Cristo. "Si Lutero predica a
Jesucristo —decía el reformador suizo— hace lo que yo hago. Los que por su
medio han llegado al conocimiento de Jesucristo son más que los conducidos por
mí. Pero no importa. Yo no quiero llevar otro nombre que el de Jesucristo, de
quien soy soldado, y no reconozco otro jefe. No he escrito una sola palabra a
Lutero, ni Lutero a mí. Y ¿por qué? . . . Pues para que se viese de qué modo el
Espíritu de Dios está de acuerdo consigo mismo, ya que, sin acuerdo previo,
enseñamos con tanta uniformidad la doctrina de Jesucristo. "—D'Aubigné,
lib. 8, cap. 9.
En 1516 fue llamado Zuinglio a predicar
regularmente en el convento de Einsiedeln, donde iba a ver más de cerca las
corrupciones de Roma y donde iba a ejercer como reformador una influencia que
se dejaría sentir más allá de sus Alpes natales. Entre los principales
atractivos de Einsiedeln había una virgen de la que se decía que estaba dotada
del poder de [186] hacer milagros. Sobre la puerta de la abadía
estaba grabada esta inscripción: "Aquí se consigue plena remisión de todos
los pecados." —Id., cap. 5. En todo tiempo acudían peregrinos a visitar el
santuario de la virgen, pero en el día de la gran fiesta anual de su
consagración venían multitudes de toda Suiza y hasta de Francia y Alemania.
Zuinglio, muy afligido al ver estas cosas, aprovechó la oportunidad para
proclamar la libertad por medio del Evangelio a aquellas almas esclavas de la
superstición.
"No penséis —decía— que Dios esté en este
templo de un modo más especial que en cualquier otro lugar de la creación. Sea
la que fuere la comarca que vosotros habitáis, Dios os rodea y os oye.... ¿Será
acaso con obras muertas, largas peregrinaciones, ofrendas, imágenes, la
invocación de la virgen o de los santos, con lo que alcanzaréis la gracia de
Dios? . . . ¿De qué sirve el conjunto de palabras de que formamos nuestras
oraciones? ¿Qué eficacia tienen la rica capucha del fraile, la cabeza rapada,
hábito largo y bien ajustado, y las zapatillas bordadas de oro? ¡Al corazón es
a lo que Dios mira, y nuestro corazón está lejos de Dios!" "Cristo
—añadía,— que se ofreció una vez en la cruz, es la hostia y la víctima que
satisfizo eternamente a Dios por los pecados de todos los fieles."— Ibid.
Muchos de los que le oían recibían con
desagrado estas enseñanzas. Era para ellos un amargo desengaño saber que su
penoso viaje era absolutamente inútil. No podían comprender el perdón que se
les ofrecía de gracia por medio de Cristo. Estaban conformes con el antiguo
camino del cielo que Roma les había marcado. Rehuían la perplejidad de buscar
algo mejor. Era más fácil confiar la salvación de sus almas a los sacerdotes y
al papa que buscar la pureza de corazón.
Otros, en cambio, recibieron con alegría las
nuevas de la redención por Cristo. Las observancias establecidas por Roma no
habían infundido paz a su alma y, llenos de fe, aceptaban la sangre del
Salvador en propiciación por sus pecados. Estos [187]
regresaron a sus hogares para revelar a otros la luz preciosa que habían
recibido. Así fue llevada la verdad de aldea en aldea, de pueblo en pueblo, y
el número de peregrinos que iban al santuario de la virgen, disminuyó
notablemente. Menguaron las ofrendas, y en consecuencia la prebenda de Zuinglio
menguó también, porque de aquéllas sacaba su subsistencia. Pero sentíase feliz
al ver quebrantarse el poder del fanatismo y de la superstición.
Las autoridades de la iglesia no ignoraban la
obra que Zuinglio estaba realizando, pero en aquel momento no pensaron
intervenir. Abrigaban todavía la esperanza de ganarlo para su causa y se
esforzaron en conseguirlo por medio de agasajos; entre tanto la verdad fue
ganando terreno y extendiéndose en los corazones del pueblo.
Los trabajos de Zuinglio en Einsiedeln le
prepararon para una esfera de acción más amplia en la cual pronto iba a entrar.
Pasados tres años, fue llamado a desempeñar el cargo de predicador en la
catedral de Zurich. Era esta ciudad en aquel entonces la más importante de la
confederación suiza, y la influencia que el predicador pudiera ejercer en ella
debía tener un radio más extenso. Pero los eclesiásticos que le habían llamado
a Zurich, deseosos de evitar sus innovaciones, procedieron a darle instrucciones
acerca de sus deberes.
"Pondréis todo vuestro cuidado —le
dijeron— en recaudar las rentas del cabildo, sin descuidar siquiera las de
menor cuantía. Exhortaréis a los fieles, ya desde el púlpito, ya en el
confesonario, a que paguen los censos y los diezmos, y a que muestren con sus
ofrendas cuánto aman a la iglesia. Procuraréis multiplicar las rentas
procedentes de los enfermos, de las misas, y en general de todo acto
eclesiástico." "Respecto a la administración de los sacramentos, a la
predicación y a la vigilancia requerida para apacentar la grey, son también
deberes del cura párroco. No obstante, podéis descargaros de esta última parte
de vuestro ministerio tomando un vicario substituto, sobre todo para la
predicación. Vos no debéis administrar [188] los sacramentos sino a los más notables, y
sólo después que os lo hayan pedido; os está prohibido administrarlos sin
distinción de personas." —Id., cap. 6.
Zuinglio oyó en silencio estas explicaciones,
y en contestación, después de haber expresado su gratitud por el honor que le
habían conferido al haberle llamado a tan importante puesto, procedió a
explicar el plan de trabajo que se había propuesto adoptar. "La vida de
Jesús —dijo— ha estado demasiado tiempo oculta al pueblo. Me propongo predicar
sobre todo el Evangelio según San Mateo, . . . ciñéndome a la fuente de la
Sagrada Escritura, escudriñándola y comparándola con ella misma, buscando su
inteligencia por medio de ardientes y constantes oraciones. A la gloria de
Dios, a la alabanza de su único Hijo, a la pura salvación de las almas, y a su
instrucción en la verdadera fe, es a lo que consagraré mi ministerio."
—Ibid. Aunque algunos de los eclesiásticos desaprobaron este plan y procuraron
disuadirle de adoptarlo, Zuinglio se mantuvo firme. Declaró que no iba a
introducir un método nuevo, sino el antiguo método empleado por la iglesia en
lo pasado, en tiempos de mayor pureza religiosa.
Ya se había despertado el interés de los que
escuchaban las verdades que él enseñaba, y el pueblo se reunía en gran número a
oír la predicación. Muchos que desde hacía tiempo habían dejado de asistir a
los oficios, se hallaban ahora entre sus oyentes. Inició Zuinglio su ministerio
abriendo los Evangelios y leyendo y explicando a sus oyentes la inspirada
narración de la vida, doctrina y muerte de Cristo. En Zurich, como en
Einsiedeln, presentó la Palabra de Dios como la única autoridad infalible, y
expuso la muerte de Cristo como el solo sacrificio completo. "Es a
Jesucristo —dijo— a quien deseo conduciros; a Jesucristo, verdadero manantial
de salud."— Ibid. En torno del predicador se reunían multitudes de
personas de todas las clases sociales, desde los estadistas y los estudiantes,
hasta los artesanos y los campesinos. Escuchaban sus palabras con el más
profundo interés. El no proclamaba [189]
tan sólo el ofrecimiento de una salvación gratuita, sino que denunciaba sin
temor los males y las corrupciones de la época. Muchos regresaban de la
catedral dando alabanzas a Dios. "¡Este, decían, es un predicador de
verdad! él será nuestro Moisés, para sacarnos de las tinieblas de Egipto."
—Ibid.
Pero, por más que al principio fuera su obra
acogida con entusiasmo, vino al fin la oposición. Los frailes se propusieron
estorbar su obra y condenar sus enseñanzas. Muchos le atacaron con burlas y
sátiras; otros le lanzaron insolencias y amenazas. Empero Zuinglio todo lo
soportaba con paciencia, diciendo: "Si queremos convertir a Jesucristo a
los malos, es menester cerrar los ojos a muchas cosas." —ibid. Por aquel
tiempo un nuevo agente vino a dar impulso a la obra de la Reforma. Un amigo de
ésta mandó a Zurich a un tal Luciano que llevaba consigo varios de los escritos
de Lutero. Este amigo, residente en Basilea, había pensado que la venta de
estos libros sería un poderoso auxiliar para la difusión de la luz.
"Averiguad —dijo a Zuinglio en una carta— si Luciano posee bastante
prudencia y habilidad; si así es, mandadle de villa en villa, de lugar en
lugar, y aun de casa en casa entre los suizos, con los escritos de Lutero, y en
particular con la exposición de la oración dominical escrita para los seglares.
Cuanto más conocidos sean, tantos más compradores hallarán." —ibid. De
este modo se esparcieron los rayos de luz.
Cuando Dios se dispone a quebrantar las
cadenas de la ignorancia y de la superstición, es cuando Satanás trabaja con
mayor esfuerzo para sujetar a los hombres en las tinieblas, y para apretar aun
más las ataduras que los tienen sujetos. A medida que se levantaban en
diferentes partes del país hombres que presentaban al pueblo el perdón y la
justificación por medio de la sangre de Cristo, Roma procedía con nueva energía
a abrir su comercio por toda la cristiandad, ofreciendo el perdón a cambio de
dinero.
Cada pecado tenía su precio, y se otorgaba a
los hombres licencia para cometer crímenes, con tal que abundase el dinero [190] en la tesorería de la iglesia. De modo que
seguían adelante dos movimientos: uno que ofrecía el perdón de los pecados por
dinero, y el otro que lo ofrecía por medio de Cristo; Roma que daba licencia
para pecar, haciendo de esto un recurso para acrecentar sus rentas, y los
reformadores que condenaban el pecado y señalaban a Cristo como propiciación y
Redentor.
En Alemania la venta de indulgencias había
sido encomendada a los domínicos y era dirigida por el infame Tetzel. En Suiza
el tráfico fue puesto en manos de los franciscanos, bajo la dirección de un
fraile italiano llamado Samsón. Había prestado éste ya buenos servicios a la
iglesia y reunido en Suiza y Alemania grandes cantidades para el tesoro del
papa. Cruzaba entonces a Suiza, atrayendo a grandes multitudes, despojando a
los pobres campesinos de sus escasas ganancias y obteniendo ricas ofrendas
entre los ricos. Pero la influencia de la Reforma hacía disminuir el tráfico de
las indulgencias aunque sin detenerlo del todo. Todavía estaba Zuinglio en
Einsiedeln cuando Samsón se presentó con su mercadería en una población vecina.
Enterándose de su misión, el reformador trató inmediatamente de oponérsele. No
se encontraron frente a frente, pero fue tan completo el éxito de Zuinglio al
exponer las pretensiones del fraile, que éste se vio obligado a dejar aquel
lugar y tomar otro rumbo.
En Zurich predicó Zuinglio con ardor contra
estos monjes traficantes en perdón, y cuando Samsón se acercó a dicha ciudad le
salió al encuentro un mensajero enviado por el concejo para ordenarle que no
entrara. No obstante, logró al fin introducirse por estratagema, pero a poco le
despidieron sin que hubiese vendido ni un solo perdón y no tardó en abandonar a
Suiza.
Un fuerte impulso recibió la Reforma con la
aparición de la peste o "gran mortandad," que azotó a Suiza en el año
1519. Al verse los hombres cara a cara con la muerte, se convencían de cuán
vanos e inútiles eran los perdones que habían comprado poco antes, y ansiaban tener
un fundamento más seguro [191] sobre el
cual basar su fe. Zuinglio se contagió en Zurich y se agravó de tal modo que se
perdió toda esperanza de salvarle y circuló por muchos lugares el rumor de que
había muerto. En aquella hora de prueba su valor y su esperanza no vacilaron.
Miraba con los ojos de la fe hacia la cruz del Calvario y confió en la
propiciación absoluta allí alcanzada para perdón de los pecados. Cuando volvió
a la vida después de haberse visto a las puertas del sepulcro, se dispuso a
predicar el Evangelio con más fervor que nunca antes, y sus palabras iban
revestidas de nuevo poder. El pueblo dio la bienvenida con regocijo a su amado
pastor que volvía de los umbrales de la muerte. Ellos mismos habían tenido que
atender a enfermos y moribundos, y reconocían mejor que antes el valor del
Evangelio.
Zuinglio había alcanzado ya un conocimiento
más claro de las verdades de éste y experimentaba mejor en sí mismo su poder
regenerador. La caída del hombre y el plan de redención eran los temas en los
cuales se espaciaba. "En Adán —decía él— todos somos muertos, hundidos en
corrupción y en condenación." —Wylie, lib. 8, cap. 9. Pero
"Jesucristo . . . nos ha dado una redención que no tiene fin.... Su muerte
aplaca continuamente la justicia divina en favor de todos aquellos que se
acogen a aquel sacrificio con fe firme e inconmovible." Y explicaba que el
hombre no podía disfrutar de la gracia de Cristo, si seguía en el pecado.
"Donde se cree en Dios, allí está Dios; y donde está Dios, existe un celo
que induce a obrar bien." —D'Aubigné, lib. 8, cap. 9.
Creció tanto el interés en las predicaciones
de Zuinglio, que la catedral se llenaba materialmente con las multitudes de oyentes que acudían para oírle.
Poco a poco, a medida que podían soportarla, el predicador les exponía la
verdad. Cuidaba de no introducir, desde el principio, puntos que los alarmasen
y creasen en ellos prejuicios. Su obra era ganar sus corazones a las enseñanzas
de Cristo, enternecerlos con su amor y hacerles tener siempre presente su
ejemplo; y a medida [192] que recibieran
los principios del Evangelio, abandonarían inevitablemente sus creencias y
prácticas supersticiosas.
Paso a paso avanzaba la Reforma en Zurich.
Alarmados, los enemigos se levantaron en activa oposición. Un año antes, el
fraile de Wittenberg había lanzado su "No" al papa y al emperador en
Worms, y ahora todo parecía indicar que también en Zurich iba a haber oposición
a las exigencias del papa. Fueron dirigidos repetidos ataques contra Zuinglio.
En los cantones que reconocían al papa, de vez en cuando algunos discípulos del
Evangelio eran entregados a la hoguera, pero esto no bastaba; el que enseñaba
la herejía debía ser amordazado. Por lo tanto, el obispo de Constanza envió
tres diputados al concejo de Zurich, para acusar a Zuinglio de enseñar al
pueblo a violar las leyes de la iglesia, con lo que trastornaba la paz y el
buen orden de la sociedad. Insistía él en que si se menospreciaba la suprema
autoridad de la iglesia, vendría como consecuencia una anarquía general.
Zuinglio replicó que por cuatro años había estado predicando el Evangelio en
Zurich, "y que la ciudad estaba más tranquila que cualquiera otra ciudad
de la confederación." Preguntó: "¿No es, por tanto, el cristianismo
la mejor salvaguardia para la seguridad general ?" —Wylie, lib. 8, cap.
II.
Los diputados habían exhortado a los
concejales a que no abandonarán la iglesia, porque, fuera de ella, decían, no
hay salvación. Zuinglio replicó: "¡Que esta acusación no os conmueva! El
fundamento de la iglesia es aquella piedra de Jesucristo, cuyo nombre dio a
Pedro por haberle confesado fielmente. En toda nación el que cree de corazón en
el Señor Jesús se salva. Fuera de esta iglesia, y no de la de Roma, es donde
nadie puede salvarse." —D'Aubigné, lib. 8, cap. II. Como resultado de la
conferencia, uno de los diputados del obispo se convirtió a la fe reformada.
El concejo se abstuvo de proceder contra
Zuinglio, y Roma se preparó para un nuevo ataque. Cuando el reformador se vio amenazado por los planes de
sus enemigos, exclamó: "¡Que [193]
vengan contra mí! Yo los temo lo mismo que un peñasco escarpado teme las olas
que se estrellan a sus pies."
—Wylie, lib. 8, cap. II. Los esfuerzos de los eclesiásticos sólo sirvieron para
adelantar la causa que querían
aniquilar. La verdad seguía cundiendo. En Alemania, los adherentes abatidos por
la desaparición inexplicable de Lutero,
cobraron nuevo aliento al notar los progresos del Evangelio en Suiza.
A medida que la Reforma se fue afianzando en
Zurich, se vieron más claramente sus frutos en la supresión del vicio y en el
dominio del orden y de la armonía. "La paz tiene su habitación en nuestro
pueblo —escribía Zuinglio;— no hay disputas, ni hipocresías, ni envidias, ni
escándalos. ¿De dónde puede venir tal unión sino del Señor y de la doctrina que
enseñamos, la cual nos colma de los frutos de la piedad y de la paz?"
—Id., cap. 15.
Las victorias obtenidas por la Reforma
indujeron a los romanistas a hacer esfuerzos más resueltos para dominarla. Viendo cuán poco habían logrado
con la persecución para suprimir la obra de Lutero en Alemania, decidieron
atacar a la Reforma con sus mismas armas. Sostendrían una discusión con
Zuinglio y encargándose de los asuntos se asegurarían el triunfo al elegir no
sólo el lugar en que se llevaría a efecto el acto, sino también los jueces que
decidirían de parte de quién estaba la verdad. Si lograban por una vez tener a
Zuinglio en su poder, tendrían mucho cuidado de que no se les escapase. Una vez
acallado el jefe, todo el movimiento sería pronto aplastado. Este plan, por
supuesto, se mantuvo en la mayor reserva.
El punto señalado para el debate fue Baden,
pero Zuinglio no concurrió. El concejo de Zurich, sospechando los designios de
los papistas, y advertido del peligro por las horrendas piras que habían sido
encendidas ya en los cantones papistas para los confesores del Evangelio, no
permitió que su pastor se expusiera a este peligro. En Zurich estaba siempre
listo para recibir a todos los partidarios de Roma que ésta pudiera enviar; [194] pero ir a Baden, donde poco antes se había
derramado la sangre de los martirizados por causa de la verdad, era lo mismo
que exponerse a una muerte segura. Ecolampadio y Haller fueron elegidos para
representar a los reformadores, en tanto que el famoso doctor Eck, sostenido por
un ejército de sabios doctores y prelados, era el campeón de Roma.
Aunque Zuinglio no estaba presente en aquella
conferencia, ejerció su influencia en ella. Los secretarios todos fueron
elegidos por los papistas, y a todos los demás se les prohibió que sacasen
apuntes, so pena de muerte. A pesar de esto, Zuinglio recibía cada día un
relato fiel de cuanto se decía en Baden. Un estudiante que asistía al debate,
escribía todas las tardes cuantos argumentos habían sido presentados, y otros
dos estudiantes se encargaban de llevar a Zuinglio estos papeles, juntamente
con cartas de Ecolampadio. El reformador contestaba dando consejos y
proponiendo ideas. Escribía sus cartas durante la noche y por la mañana los
estudiantes regresaban con ellas a Baden. Para burlar la vigilancia de la
guardia en las puertas de la ciudad, estos mensajeros llevaban en la cabeza
sendos canastos con aves de corral, de modo que se les dejaba entrar sin
inconveniente alguno.
Así sostuvo Zuinglio la batalla contra sus
astutos antagonistas: "Ha trabajado más —decía Miconius,— meditando y
desvelándose, y transmitiendo sus opiniones a Baden, de lo que hubiera hecho
disputando en medio de sus enemigos." — D'Aubigné, lib. II, cap. 13.
Los romanistas, engreídos con el triunfo que
esperaban por anticipado, habían llegado a Baden luciendo sus más ricas
vestiduras y brillantes joyas. Se regalaban a cuerpo de rey, cubrían sus mesas
con las viandas más preciadas y delicadas y con los vinos más selectos.
Aliviaban la carga de sus obligaciones eclesiásticas con banqueteos y
regocijos. Los reformadores presentaban un pronunciado contraste, y el pueblo
los miraba casi como una compañía de pordioseros, cuyas comidas frugales los
detenían muy poco frente a la mesa. El mesonero [195]
de Ecolampadio, que tenía ocasión de espiarlo en su habitación, le veía siempre
ocupado en el estudio o en la oración y declaró admirado que el hereje era
"muy piadoso."
En la conferencia, "Eck subía
orgullosamente a un púlpito soberbiamente decorado, en tanto que el humilde
Ecolampadio, pobremente vestido, estaba obligado a sentarse frente a su
adversario en tosca plataforma." —Ibid. La voz estentórea de aquél y la
seguridad de que se sentía poseído, nunca le abandonaron. Su celo era
estimulado tanto por la esperanza del oro como por la de la fama; porque el
defensor de la fe iba a ser recompensado con una hermosa cantidad. A falta de
mejores argumentos, recurría a insultos y aun blasfemias.
Ecolampadio, modesto y desconfiado de sí
mismo, había rehuído el combate, y entró en él con esta solemne declaración:
"No reconozco otra norma de juicio que la Palabra de Dios."—Ibid. Si
bien de carácter manso y de modales corteses, demostró capacidad y entereza. En
tanto que los romanistas, según su costumbre, apelaban a las tradiciones de la
iglesia, el reformador se adhería firmemente a las Escrituras. "En nuestra
Suiza —dijo— las tradiciones carecen de fuerza a no ser que estén de acuerdo
con la constitución; y en asuntos de fe, la Biblia es nuestra única
constitución." —Ibid.
El contraste entre ambos contendientes no dejó
de tener su efecto. La serena e inteligente argumentación del reformador, el
cual se expresaba con tan noble mansedumbre y modestia, impresionó a los que
veían con desagrado las orgullosas pretensiones de Eck.
El debate se prolongó durante dieciocho días.
Al terminarlo los papistas cantaron victoria con gran confianza, y la dieta
declaró vencidos a los reformadores y todos ellos, con Zuinglio, su jefe,
separados de la iglesia. Pero los resultados de esta conferencia revelaron de
qué parte estuvo el triunfo. El debate tuvo por consecuencia un gran impulso de
la causa protestante, y no mucho después las importantes ciudades de Berna y
Basilea se declararon en favor de la Reforma. [196]
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